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Hace varios años atrás algunos sectores de la ciudad de Nueva York eran reconocidos entre propios y extraños como lugares inseguros y ese negativo reconocimiento traspasó las fronteras locales y su sola mención en muchos lugares del mundo terminaba sintetizado en dos palabras: marginalidad y violencia. De la mano de aquella situación se manifestaba como fenómeno ineludible el bajo valor que tenían las viviendas en esa área.
Es por muchos conocido que aquel estado de situación fue abordada desde los más altos niveles político con la firme decisión de revertirla y bajo el lema “tolerancia cero”, los vicios de otrora se superaron, la prosperidad social llegó y la mejora de los valores de todo lo relacionado con el real estate no hizo esperar. Esto demuestra que la calidad de vida es una de las piezas claves en la determinación del valor de las propiedades.
Ahora bien, a quién compete estar atento para que en un “territorio” la calidad de vida tenga la máxima calidad posible y por ende el área sea bien vista y valorada. La respuesta es muy simple “la responsabilidad es de todos”, pero como esa definición supone una generalización que la mayoría de las veces dificulta la identificación de los verdaderos responsables, mejor establezcamos que la responsabilidad es de cada una de las personas que habitan un determinado lugar y también de quienes tienen influencia directa o indirecta sobre ese territorio, llámense políticos, desarrolladores, educadores, padres, transportistas, conductores, fuerzas de seguridad, etc. etc.
El análisis anterior podría ser catalogado como simplista o como una verdad tan obvia que no necesita ni siquiera ser mencionado. Pero el problema no radica ni en su simpleza ni en su obviedad. El verdadero problema radica en practicar cotidianamente aquello que es simple u obvio y como dice el refrán “muéstrame un botón y evitaras mil palabras” pasemos a los hechos.
Vamos por el ejemplo del “botón más pequeño”. ¿Producirá el mismo resultado en la calidad de vida propia y del prójimo (los próximos) conducir un vehículo de manera serena, que hacerlo de manera violenta?
Vamos por el “macro botón”. ¿Tendrá el mismo impacto en la calidad de vida tener un gigantesco aeropuerto donde los aviones aterrizan casi dentro del mismo downtown que por su tamaño dificulta la comunicación entre sectores de la ciudad, o trasladarlo a un área lejana facilitando el acceso con medio de comunicación masivos?
Miami fue hasta hace relativamente pocos años un lugar vacacional o de vivienda permanente de personas mayores que por diversas razones, clima incluido, se veían atraídos por estas tierras y a ellos se le sumaron los que expulsados de muchos países de Latino América, encontraron refugio y así estas tierras se fueron habitando por conglomerados urbanos distantes entre si.
Pero ese fenómeno fue reemplazado por otros muchos más complejos propiciados por la globalización de la economía, también por factores sociales internos, que sumados a las inestables condiciones socio políticas de muchos países latinos, genera desde hace años un flujo de personas que llegan en forma masiva a la Ciudad de Miami, que no solo han modificado de manera dramática el mapa social, sino que diariamente afectan la calidad de vida de manera alarmante y esta aseveración está demostrada por la diferencia de costo que tienen idénticos seguros médicos cuando son contratados para un habitante de la Ciudad e Miami o para un habitante de zonas más lejanas.
Si así acontece para con las personas, ¿sería desacertado pensar que algo similar podría ocurrir a futuro con el valor de las propiedades?
La respuesta podría ser “probablemente si”, en tanto a la Ciudad Miami se la piense y se la viva, como la sumatoria de territorios fragmentados que ocultan tras sus “muros” intereses sectoriales.
La respuesta podría ser “definitivamente no” si aquellos que tienen responsabilidades sociales y/o políticas comienzan a caminar en una misma dirección unidos por Miami.
Por: Carlos Galli |